CONTEXTOS: El crimen de Javier Valdez y la crisis de seguridad en el periodismo en México

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Por Gerardo Sandoval Ortiz

Apenas rayó el mediodía del lunes 15, balas asesinas arrebataron la vida al periodista sinaloense, Javier Valdez Cárdenas. “Que no te toque bola negra no te alcance la voladora” había sido su último tweet público minutos después de las siete de la mañana.

Javier Valdez unió su talento al de Ismael Bojórquez y fundaron el periódico Ríodoce, especializado en investigar temas vinculados a problemas del narcotráfico en todo Sinaloa, a uno desde tiempos universitarios y al otro en el ejercicio del periodismo. Javier Valdez se sentía cómodo yendo a fondo en el tema e inexorablemente terminó dándole forma a exitosos libros. A finales del año pasado promovía su último libro, Narcoperiodistas. Ahí aborda los a veces inevitables vínculos que construyen periodistas con el narcotráfico, sociedad que muchas veces concluye en la ejecución del más débil, siempre el periodista.

Antes de la una de la tarde la noticia del asesinato de Javier Valdez se difundió por los medios electrónicos. Ocurrió a unos metros de alcanzar la puerta de Ríodoce, en la colonia Jorge Almada del centro de Culiacán. En las siguientes horas se escucharon las declaraciones de funcionarios de los tres niveles de gobierno, todos uniéndose a la indignación generalizada, otros prometiendo atrapar a los asesinos. Enrique Peña Nieto y otros funcionarios federales, dijeron que la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Cometidos contra la Libertad de Expresión, la FEADLE.

Ríodoce, con Ismael Bojórquez y Javier Valdez a la cabeza, por la información que publican se equiparan -en su debida proporción- a la importancia que en Tijuana para sus residentes y lectores tiene el periódico Zeta. Nos resulta paradójico una segunda comparación, con el asesinato de Javier Valdez, obliga la cita de los cobardes atentados que arrebataron la vida a los fundadores de aquel periódico fronterizo, Héctor Félix Miranda y Francisco Javier Ortiz Franco. El mítico “Gato”, al que Los Tigres del Norte inmortalizaron en un corrido, murió el 20 de abril de 1988. Ortiz Franco, un 22 de abril del 2004. Cuando el legendario Jesús Blancornelas se retiró, no doblegado por sus “enemigos” sino por recaer su salud, acaso causa de un criminal atentado en noviembre de 1997, del que salió herido Ortiz Franco había tomado las riendas del Zeta.

México se ha colocado en el top cinco de los países más peligrosos para quienes ejercen el periodismo. No hay mucha diferencia en los riesgos a los que se exponen los corresponsables de guerra en Irán, en Afganistán, en todo el medio oriente, en países africanos. Nada más ayer, periodistas del diario Milenio hacían mofa de que México quitó a Siria del primer nivel en índices de violencia.

Apenas el fin de semana se informó de un grupo de periodistas quienes incursionaron en la región conocida como Tierra Caliente, el punto de unión de varios municipios de Guerrero, Michoacán y del Estrado de México. Les salieron al paso en una carretera, les despojaron de su equipo de trabajo, dinero, relojes, de uno de los dos vehículos, y los dejaron ir. Lo últimos reportes de periodistas víctimas de la violencia se originaron en las regiones violentadas por narcotraficantes pero en las muertes sucedieron mayoritariamente en Veracruz.

Veracruz, Tamaulipas, Chihuahua tienen mucho en común con las condiciones reinantes en Sinaloa. Son territorios donde los grupos de narcotraficantes ejercen un violento dominio en cualquier actividad de sus habitantes. Y el periodismo, o mejor dicho, los periodistas, no escapan de esos controles. Jalisco, Puerto Vallarta también, se pinta de rojo, consecuencia de la presencia de la llamada delincuencia organizada.

Duele la pérdida de periodistas como la de Javier Valdez. Amplios sectores de la sociedad sinaloense, en Culiacán, en Mazatlán, repudian el artero crimen. Dado el prestigio del laureado periodista, el eco de su muerte retumbó en Los Pinos y encendió las alarmas y causó tibios tonos de advertencia del peligro en el gremio periodístico, visto y sentidos hace ya años.

Las estadísticas son frías pero reveladoras. Las cifras más conservadores indican que en los últimos años han asesinado en el país a 291 comunicadores. El conteo arranca con la muerte del poblano, José Trinidad Mata en 1939, y concluye con el asesinato de Anabel Flores Salazar, hallado su cuerpo el 9 de febrero de 2016, en Tehuacán Puebla, pero radicada en Orizaba, Veracruz. Otras fuentes sitúa en más de 300 muertos pero de 1980 a la fecha. El registro al final del año pasado fue de 11 muertos. En lo que va del 2017 ya son 6 muertos. Como dato adicional, en el sexenio de Javier Duarte en Veracruz, hubo 17 periodistas asesinados. En la gestión de Peña Nieto se registra un periodista ejecutado cada 22 horas. Son números que superan las cifras los años anteriores a 2016, iguales a los once periodistas muertos en 2011 el último año de Felipe Calderón. El Comité para la protección de Periodistas ha informado que son más de 42 periodistas asesinados desde 2008, cifras que convierten a México en un país tan peligroso como Afganistán.

Por ahí alguien escribió que si la prensa es el espejo del poder, la prensa también es un reflejo de la sociedad y en consecuencia, en los periodistas se manifiestan las preocupaciones y angustias de otros sectores de la sociedad.

Con aquella guerra declarada por el gobierno federal a los narcotraficantes en 2006, el reporteo incrementó sus índices de peligrosidad. Hay ataques a periodistas pero también a instalaciones periodísticas. Las instalaciones del semanario Ríodoce fueron atacadas con granadas en 2009. Eso obligó a muchos periodistas a limitarse a los boletines de prensa y cancelar el reporteo de sucesos vinculados a las drogas y la delincuencia.

A propósito de su último libro, Narcoperiodistas, Javier Valdez había percibido que como gremio “estamos pisando suelo muy inseguro, pantanoso, de arenas movedizas, de muchos hilos, porque igual te tienes que cuidar del compañero de la redacción, porque las relaciones están filtradas por el narco”. De ese nivel ha sido el poder de filtración de los malosos, el siguiente paso dado luego de cooptar a funcionarios corruptos, la otra amenaza a la libertad de expresión. “Nunca antes habíamos tenido una crisis de seguridad en el periodismo y ahora como nunca hay pocas condiciones para hacer nuestro trabajo. Es como si hubiéramos descendido 50 escalones hacia el infierno”, sentenció en una entrevista.

En la bien cuidada crónica expuesta en su último libro, dejando abierta la atemorizante regla de la impunidad que impera, doblega y somete al periodista y al periodismo independiente, Javier pierde la vida. Con él se fue un estudioso del fenómeno de la delincuencia organizada, del narcotráfico, un periodista digno y valiente que él decía era escaso; “el periodismo valiente que se hace en México no tiene sociedad alrededor. Está solo”, dijo en una entrevista a la Agencia EFE.

Revolcadero

El siguiente texto, breve y de un párrafo, ha sido publicado ya entrada la tarde de ayer en Ríodoce. Se titula Ser periodista en México, es como formar parte de una lista negra: Javier Valdez. Inicia: “Ser periodista es como formar parte de una lista negra. Ellos van a decidir aunque tú tengas blindaje y escoltas. Si lo deciden lo van a hacer, no importa si tienes o no protección. No hay condiciones para hacer periodismo en México, las balas pasan demasiado cerca”. Luego se añade: Javier Valdez no tenía escoltas ni mucho menos blindaje. Sus únicos compañeros fueron siempre su laptop, sus libros y una taza de café. Junto a ellos fue asesinado hoy al mediodía, cuando salía del semanario Ríodoce, el diario que fundó hace 14 años, y a través del cual se convirtió en una voz crítica del narcotráfico y la corrupción en Sinaloa. (…) Ese riesgo de morir y no callar, él lo sabía. Sus escritos fueron eso, un grito de lo que ocurría a su alrededor, y a través de su columna Malayerba, que nació junto con el semanario les dio rostro, voz, una identidad a las víctimas. Desde ahí hablaron los huérfanos del narco, los desaparecidos, las viudas. También desde ahí denunció corruptelas. Yo no quiero que me reclamen después, que me digan sí tantos homicidios porque tú te quedaste callado, por qué escribías esto o aquello; a mí no me van a poder decir eso porque soy hombre de este tiempo y vivo eso, porque soy hombre de este tiempo y vivo con la intensidad de los problemas que el tiempo requiere, el narco nos quiere hincar a todos. Siempre debe estar presente en tu vida periodística la ética, la dignidad y el profesionalismo”. Esa es la enseñanza que hereda Javier Valdez, un contemporáneo y “socio” nuestro amigo Ismael Bojórquez. A Ismael, a todo el equipo de Ríodoce, a la familia de Javier Valdez, un solidario abrazo.****** Solo un añadido. Resulta lastimero que cuando el periodista cuestiona a un funcionario, aun sea éste de medio pelo, aparecen de la nada personajes de dudosa reputación, generalmente manchados por la deshonra mancillada por uno de los suyos, que esgrimiendo la ignorancia por delante se erigen en defensores de aquel gris “servidor público”. Es ese perfil del ciudadano que terminan alineándose a los malosos, traicionando inclusive sus memorias de familia que en su momento pagaron cual cuota sus cubetas de sangre. Que nadie olvide que, si el narcotráfico florece, obligadamente va de la mano de un funcionario que solapa y tolera este tipo de actividades.

 

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